
- ¿Para que hemos venido aquí? ¿ Que es lo que me quieres enseñar? ¿Por qué esta todo tan oscuro?
- No soporto a la gente impaciente, ¿Por qué no puedes esperar un poco? Joder.
Frenó hasta dejar el coche inmovilizado en el callejón. Apenas había luz, tan solo el letrero luminoso de neón que indicaba la entrada trasera a Club, teñía tímidamente la atmósfera de un ambiente violeta.
- Baja del coche.
Se situaron delante de la entrada y sacó una llave parcialmente oxidada y de apariencia simple con la que abrió la puerta con extrema facilidad, y a tientas buscó el interruptor que iluminaba las escaleras que conducían al sótano.
- Las mujeres primero.
El frío congelaba la piel del rostro de ella, que ahora se mostraba pálido. La bombilla amarillenta, lució con intermitencia durante unos segundos, hasta finalmente estabilizarse e iluminar la estancia cargada en este momento de tensión. A medida que bajaban las escaleras, un aroma extraño se fue haciendo cada vez mas fuerte, una mezcla de sudor, olor a cañerías y carne podrida.
- ¿Por que huele tan mal?
- ¿Por que haces tantas preguntas?
Sumisa, ella decidió callarse y dejar de preguntar, en cierta manera él tenía razón no había dejado de preguntar desde que entraron en el coche. El se sintió arrepentido, en el fondo la profesaba algo de cariño.
- Aquí cerca hay un matadero, seguramente la peste provenga de los desagües.
Las escaleras daban paso a una sala alargada, diáfana, llena de goteras, humedades, sobre cuyo suelo correteaban impasibles las cucarachas que mojadas resplandecían por la luz lejana del techo. Se podía escuchar un claqueteo, tan silencioso como un murmullo, proveniente del choque de las patas de los insectos con el suelo. Ella pisó alguna que otra y no tardó en quejarse.
El pensó que este era el momento perfecto para sacar la pistola de su escondite, en el bolsillo de la chaqueta. Pero lo que sacó fue su teléfono móvil, que vibraba al mismo tiempo que emitía una melodía chirriante que retumbaba sobre el vacío lugar.
- Cógelo ¿No?
Durante un momento dudo lo que tenía que hacer,¿Debía apagar el teléfono y matar a aquella preciosa mujer? ¿Debía descolgarlo y posponer lo que iba a cometer?
Dean Apagó el teléfono y sacó la pistola, quitó el seguro. Mientras Salma miraba aterrorizada, Dean apretó el gatillo y la bala salió despedida a gran velocidad,imparable, frenando solo cuando topó con la carne desprotegida de ella. El ruido acarreó un feroz eco, que que atravesó los oídos de Dean produciendo una violenta reacción en él. Ella se retorcía en el suelo, pues una profusa herida en el brazo la hacía sufrir como nunca antes había sufrido. Sentía un dolor intenso y sorpresa por haber recibido un disparo. Desesperada soltó todo un repertorio de insultos hacia el pistolero que le había causado semejante agravio,gritando, como si el hecho de pronunciarlos en tono elevado le anestesiase semejante herida. Dean fríamente, apuntó nuevamente a la joven, que yacía en el suelo, pero el turbio torrente que había sentido hace unos instantes y que por un momento parecía haber desaparecido, se apoderó de el nuevamente.
Ella dejó de chillar, sorprendida y aliviada por no estar muerta de momento. Él en silencio permaneció mirándola, mientras escuchaba una lejana voz que le resultaba familiar.
- ¿ Qué es ese ruido? Dean, ¿Estás ahí? ¡Contesta!
Dean cogió el móvil que creía apagado, el origen de la voz misteriosa provenía de allí.
- ¿Sí, Jefe?
-¿Has matado ya a esa puta?
Dean tranquilizó a Keriac, prometiéndole que se encargaría de matarla nada más colgar el teléfono. Pero eso nunca ocurrió. Dean sabía que ella moriría en cuestión de horas, desangrada , si no recibía cuidados su herida, así que fué en busca de alguíen de confianza que se ocupase de tal cometido.