El frío de la noche me azota con vehemencia, ya nada queda de esos días tranquilos con el sol acariciándome la espalda, en los que sentía el calor de una presencia casi sobrehumana. Todo se ha convertido en una tundra poblada de lobos, miedos incesantes como zancadas de un atleta, que me quiebran como las ramas estremecidas de un roble por el impacto de un rayo. La vida ha quedado reducida a un minúsculo espacio de acciones programadas, coordenadas de lugares conocidos y tensiones bajo la apariencia. La única salida que tiene este agonizante laberinto, es el conocimiento profundo de uno mismo, contemplarse desnudo en el la luna del espejo y paulatinamente sumergirse en un estanque de mercurio que se filtra a través de la piel visitando los rincones del cuerpo. Espero en esta espesura pesada apresar precisas pesquisas que me orienten en esta investigación.
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